Opinión | Nov 19 - 9:39 pm
50 Festival Internacional de Cine de Thessaloniki
Por: Hugo Chaparro Valderrama
En las pantallas donde se proyectan los 267 títulos con los que el Festival Internacional de Cine de Thessaloniki celebra sus cincuenta años, los subtítulos en inglés y griego son una respuesta a la diversidad del público.
“¿Por qué el cine ahora?”. La pregunta emblema del evento quiere averiguar por la necesidad y la importancia de un arte que confronta al público con los matices del mundo registrado en la pantalla. El “enigma” que se propuso resolver el festival surgió de las palabras con las que el director francés Jean Renoir quiso revelar una de sus preocupaciones ante las imágenes: “Todos (los que están comprometidos con el cine) tendrían que reinventarlo todo desde el principio para que el cine siga con vida”. Uno de los invitados a Thessaloniki, Werner Herzog, le hace eco este año a Renoir en el libro publicado por el festival acerca de su vida, su obra y sus milagros fílmicos —“Señales de vida: Werner Herzog y el cine”, de Grazia Paganelli—. Para filmar el cine de carácter insólito y sorprendente que define el “Mundo según Herzog”, el director alemán “tuvo que inventar el cine”, un cine a su medida, que se acomodara a sus intenciones, apostando consigo mismo y con sus ambiciones, como si Herzog fuera “el inventor de la cámara cinematográfica”. Su testimonio es el de un realizador que respeta y aprovecha las posibilidades del arte con el que trabaja, filmando en contravía al empobrecimiento de la industria oficial y su manera de explotar al público con rutinas audiovisuales y temáticas que buscan exclusivamente la rentabilidad del negocio —lo que expresó de forma sorprendente un distribuidor de cine en Thessaloniki asegurando que las películas en un idioma distinto al inglés son catalogadas por el público como “cine arte” y son un tiquete seguro para fracasar comercialmente—. Antes de cada proyección, en las pantallas del festival se leen las ideas que muchos directores tienen al respecto de su oficio: “Necesitamos el cine ahora, porque afirma la inteligencia visual y la compasión” (Atom Egoyan); “El cine continuará reflejando la vida; las vidas que llevamos y aquellas que de otra manera no habríamos conocido jamás” (Nandita Das); “El cine es el único lugar donde uno siempre sabe dónde están las salidas de emergencia” (Helier Cisterne). Un cine que es ahora, en su mayoría, de tono depresivo por las imposiciones de la realidad en términos brutales. La pantalla no puede evitar el registro de conflictos recientes —el enfrentamiento recurrente entre palestinos y judíos como rivales históricos—; la solución ante las pesadillas del pasado a través de la ficción —de qué manera trastornó la vida de los rumanos el estado policivo y represivo antes y después de Ceausescu—; las versiones que ofrece ante la historia de su país una catedral cinematográfica de los Balcanes, el director serbio Goran Paskaljevic, a través de una filmografía que suma 25 títulos —no en vano, otro invitado a Thessaloniki con una retrospectiva completa de su obra—. La riqueza visual se multiplica por el mapa del cine exhibido en el evento y por la audacia narrativa que permite confiar en el futuro del cine; en las razones para comprender por qué es una manera de acercarse al mundo del lado de allá y de acá de la pantalla, haciendo del caos un pretexto creativo para moldear los argumentos necesarios que permitan revelar y evidenciar nuestros miedos y algunas de las virtudes que nos permita algo tan dudoso como “la civilización”; lo que expresa a su manera un director colombiano invitado a Thessaloniki, Jorge Navas, con su primer largometraje, La sangre y la lluvia, donde el mapa de una ciudad se convierte en el mapa imaginario de un espectador atento a lo que transcurre en la pantalla y le sirve como traducción de la violencia a la que estamos sometidos y que el cine, desde la bondad de una silla donde el espectador se enfrenta a sus imágenes, descubre como un camino estimulante para que la inocencia no sea una trampa; para que la inteligencia de una película inspire una actitud más vigilante ante aquello que se llama realidad. Hugo Chaparro Valderrama
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Opinión | Nov 19 - 9:27 pm
Entre la corrupción y la politiquería
Por: Patricia Lara Salive
COLOMBIA SE PERCIBE CADA VEZ COmo más corrupta, no obstante que la principal promesa electoral de nuestro Presidente fue combatir la corrupción y la politiquería: el índice de transparencia es de 3,7 sobre 10, y el país pasó del puesto 70, donde se había mantenido estable los últimos siete años, al 75. Así lo índica el último Barómetro realizado por Transparencia Internacional.
Y según la última encuesta de Gallup, el 61% de los habitantes de las cuatro principales ciudades cree que la corrupción está empeorando, cuando hace un año dicha proporción estaba en el 43%. Y el 51% confiesa que desaprueba el manejo que el presidente Uribe le da a la corrupción, mientras que el año pasado sólo el 37% manifestaba su desaprobación. ¡Nadie puede extrañarse de que esa sensación exista! ¿Cómo puede alguien sorprenderse de que la gente sienta que la corrupción va in crescendo después de que hemos contemplado, por ejemplo, el escándalo de Agro Ingreso Seguro, subsidio que, como tantos otros, acabó en manos de los ricos, sin que haya pasado nada, es más, habiendo observado cómo el Presidente apoyó al Ministro y confirmó que esa es, precisamente, su política? ¿Cómo puede extrañarnos que los colombianos creamos que hay más corrupción cuando hemos palpado la corruptela en el Instituto Nacional de Concesiones? ¿Cómo puede creerse que la corrupción no va en aumento si hasta el propio DAS, organismo de inteligencia adscrito a la Presidencia de la República, se ha puesto al servicio de oscuros intereses y el Presidente llegó hasta a defender y premiar a su antiguo director, enviándolo de cónsul a Milán, antes de que cayera preso? ¿Y cómo puede extrañarnos todo lo anterior si, a diario, observamos cómo miembros del Gobierno, para satisfacer la desenfrenada líbido de poder de su jefe y, muy probablemente, obedeciendo órdenes suyas, cambian las reglas para que él se eternice en la Casa de Nariño y, contra viento y marea, saltan todos los escollos legales para que se apruebe el referndo reeleccionista, no importa que, por ejemplo, se decrete la nulidad de las firmas partidarias del mismo porque se sobrepasaron los topes de su financiación, ni que las sesiones extras del Congreso donde éste se aprobó se realizaran antes de que se publicara el decreto que las convocaba? ¿Cómo puede alguien extrañarse de que cada día más colombianos creamos que nos está ahogando la corrupción cuando a diario vemos a los peones del Presidente hacer todo tipo de marrullas y apelar a cuanta leguleyada exista para complacer el deseo de su jefe de perpetuarse en el poder? Sí, nadie puede sorprenderse con los resultados de esas encuestas. Y no hay necesidad de que el Zar Anticorrupción, Óscar Ortiz, anuncie que habrá recompensas para quienes denuncien a los corruptos, ni tampoco se requiere que el Gobierno cree un Bloque especial de la Policía para perseguirlos. Como sabemos quienes tenemos hijos, sólo se educa con eficacia si damos buen ejemplo: de nada sirve que regañemos a nuestros hijos adolescentes porque se exceden en el uso del alcohol, si cada rato nos ven tomando trago. De nada sirve que les prohibamos decir mentiras, si a diario oyen que le mandamos a quien nos llama: “dígale que no estoy”. De igual forma, de nada sirve que se ordene desde el cielo combatir la corrupción, si nuestro dios nos muestra todos los días que está dispuesto a traspasar cualquier límite con tal de seguir siendo dios por los siglos de los siglos. Patricia Lara Salive
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